La huella del falsificador, La voz del experto — 10 de noviembre de 2013

Certeza moral

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La huella del falsificador 016

Publicado en El Eco Filatélico y Numismático

 

La verdad no siempre se nos presenta con absoluta claridad. Con frecuencia el objeto a examinar no se nos ofrece con una evidencia interna que nos permita hacer un juicio seguro. Es entonces cuando tenemos libertad para asentir, disentir o suspender el juicio. Al no resultarnos evidente, nuestra voluntad e inteligencia, junto a otros componentes y factores subjetivos, pueden conducirnos a formular un juicio en el que existe la posibilidad de caer en el error, de quedarnos en el camino de la duda, de la mera sospecha o de hacer un acto de fe.

La forma más perfecta de que la voluntad acepte el juicio que elabora nuestra inteligencia es la certeza.

Cuando el experto emite un dictamen o un certificado de una pieza filatélica es porque ha llegado a la certeza del juicio que sobre ella realiza. De ahí la necesidad de abordar el problema de la certeza.

De hecho resulta contradictorio hablar del “problema de la certeza” ya que por definición la certeza debiera ser la ausencia de problema alguno para nuestra mente. Es precisamente en la certeza donde nuestra mente descansa al tener la garantía de ser poseedora de la verdad.

Certeza es el conocimiento seguro de que algo es verdadero. Con ella eliminamos la posibilidad de error o duda. Toda nuestra vida es una constante búsqueda de certezas en un intento consciente o inconsciente de evitar las frustraciones que engendran los errores y la inseguridad e inquietud que siguen a la duda.

El experto frente al objeto a examinar

Cuando el coleccionista recurre al experto es porque, incapaz por sí mismo de tener la certeza de la bondad de una pieza, confía (hace un acto de fe) en la certeza que sobre ella pueda tener el perito por considerarlo competente para juzgar sobre la materia.

Buscamos la certeza, la evidencia objetiva, para eliminar el temor a que la realidad sea distinta a como la ha captado nuestra mente. Lo que ocurre es que no siempre la alcanzamos en su máximo grado de perfección. El intelecto humano está destinado a captar la realidad, no a concebirla. Y no ceja en esa búsqueda hasta alcanzarla para obtener la seguridad de que el objeto conocido es así y no de otra manera.

Existen varias categorías o tipos de certeza:

1. La certeza metafísica o absoluta. Es la firme aceptación del juicio elaborado por nuestra inteligencia basado en las esencias o naturaleza de las cosas. Es absoluta porque excluye lo contrario como imposible. El motivo o razón del asentimiento viene determinado por la propia esencia del objeto según es aprehendida por el intelecto.

2.- Certeza física es la fundamentada en el conocimiento de las leyes naturales, que deben cumplirse necesariamente. Y como el conocimiento de las leyes naturales es en cierto grado hipotético, este tipo de certeza ya no es absolutamente evidente. Mi intelecto podría equivocarse, por más que esta probabilidad pueda ser remota. Eso no ocurre en la certeza metafísica en la que mi intelecto no puede equivocarse. Un ejemplo puede ser el certificar que un sello es falso porque ofrece una variante en el dibujo que no existe en ninguno de los tipos de la plancha que se utilizó en su impresión. Es remota la posibilidad de error en ese juicio porque es o parece físicamente imposible que de la plancha original haya podido salir impreso semejante ejemplar.

3.- Certeza moral es la basada en el conocimiento de las leyes morales por las que se regula el comportamiento humano. Dado que se está fundamentando el asentimiento sobre la actuación de personas libres, lo opuesto a nuestro juicio o asentimiento no queda excluido. Son convicciones basadas en el conocimiento experimental de las leyes por las que se rige el comportamiento ordinario del ser humano. Estas certezas morales nos permiten la convivencia social.

La mente humana juzga con certeza todo objeto que se le presenta con evidencia objetiva intrínseca. Esa certeza es metafísica cuando se basa en sus esencias. Es física cuando se basa en las leyes naturales, aun dejando la puerta abierta a alguna remota excepción. Y es moral cuando capta el comportamiento general del ser humano que, por ser libre, no puede ser completamente previsible.

El experto filatélico busca la certeza para cimentar sus dictámenes y certificados de autenticidad o falsedad de una pieza. Las certezas a las que llega el experto filatélico son habitualmente físicas por lo que debieran dejar un margen muy reducido de error. Pero el dictamen de un experto también puede encontrar su fundamenta en la certeza moral. Ese es el caso que hoy vamos a considerar.

 lote 453La extraordinaria pieza que se reproduce es un fragmento con sellos de la emisión de Alfonso XIII “Cadete” por valor de 64,60 ptas. Supuestamente es la etiqueta o parte del frente de un paquete o una carta fechada en Madrid el 3 de mayo de 1921 y dirigido al Banco de España en Barcelona por valores declarados de 156.750 pesetas.

Conforme a la tarifa postal en vigor en esa fecha (tarifa de 15 de mayo de 1920), en concepto de seguro, un valor declarado de 156.750 debía franquearse con sellos a razón de 10 céntimos por cada 250 pesetas, es decir 62,70 ptas. A lo que habría que añadir 30 céntimos de certificado, total 63 pesetas, por lo que la diferencia de 1,60 ptas hasta totalizar los sellos que lleva adheridos corresponden al pago del peso de una carta ordinaria de 8 portes (20 céntimos por cada 15 gramos). Contrariamente a lo que alguno ha podido interpretar por el alto valor del facial con el que se ha franqueado, no se trata de un paquete pesado, sino de un ligero sobre de 120 gramos.

Al parecer todo cuadra perfectamente. Sin embargo, un análisis más profundo dispara las alertas.

Lo primero que llama la atención es que no se vea ni rastro de anotaciones o marcas propias de cualquier valor declarado. Si éstas estaban en los márgenes que se recortaron es lógico que no las encontremos, de acuerdo, pero lo que no parece lógico es que se hiciera de esa forma ya que si se quisieron recortar sólo los sellos también habrían recortado la leyenda de valores declarados y la dirección. Y si ésta se dejó por interés de coleccionismo postal ¿por qué se eliminaron las marcas postales?

Una segunda observación: los sellos utilizados ciertamente eran válidos para su uso, ya que siguiendo las recomendaciones del Primer Congreso Filatélico Español y contrariamente a lo habitual hasta entonces, esta emisión no se desmonetizó al aparecer la siguiente sino que mantuvo su validez para el franqueo durante más de 35 años, concretamente hasta el 11 de enero de 1935.

Pero ¿cómo se habían guardado, en bloques de cuatro, durante los doce años transcurridos desde que la venta de sellos del “Cadete” fuera sustituida por la emisión del “Medallón”? No tiene ningún sentido pensar que una oficina postal o un estanco de entonces guardara tanto tiempo los sellos de esos valores sin vender y luego los utilizara y precisamente sin combinarlos con ningún valor de la serie corriente de ese momento. Por otro lado si quien guardó los sellos era un coleccionista al que le apetecía tener una carta singular porque estaba franqueada con ellos en época tan tardía, lo hubiera hecho dirigiéndola a algún conocido que se la pudiera devolver, no al Banco de España.

Más: El valor de 40 céntimos oliva había sido retirado en 1905 y sustituido por el 40 céntimos rosa. Eso hace más increíble su utilización en 1921.

Lo más paradójico es, sin embargo, el importe asegurado: 156.750 pesetas. La normativa postal no permitía envíos por valores declarados superiores a 10.000 pesetas. No es en absoluto creíble que un empleado de Correos, que siempre aplicaba las tarifas a partir de unas tablas, se dedicara a hacer un cálculo manual para un importe quince veces superior al límite permitido  Para valorar la enorme cuantía de ese importe señalemos que cuando Correos modifica en 1970 el límite máximo del seguro de las cartas con fondos públicos elevándolo hasta 100.000 pesetas, los valores declarados siguen (30 años después) con el límite de 10.000 pesetas. Un dato comparativo que nos ilustrará plenamente de lo significaban 156.000 pesetas en ese momento: en 1921 un maestro cobraba en torno a las 2.000 pesetas de sueldo anuales, por lo que el valor declarado de marras equivalía a lo que un maestro hubiera cobrado a lo largo de 78 años de vida docente

Como habrá podido observar el lector, en el análisis de esta pieza no hemos utilizado ningún argumento que nos pueda conducir a la “certeza física” de su autenticidad o falsedad. Todo lo expuesto son razonamientos de tipo moral, entendido en su sentido de conducta general del ser humano aplicado al caso en cuestión (utilizamos el término “moral” ajeno a posibles acepciones éticas que no vienen a cuento ahora). Y esos razonamientos son de tal peso que me dan la “certeza moral” de que la pieza en cuestión es un montaje, aunque ciertamente podría existir la remota probabilidad de que fuera auténtica.

Cada uno es libre de extraer sus conclusiones.