Buceando..., Fruslerías — 21 de julio de 2016

Convivir con indeseables

por

BUCEANDO EN LA HISTORIA (70)

Publicado en Revista de Filatelia  (Septiembre 2009) 

 

En todas las culturas, en todas las sociedades y religiones, cualquiera que sea su época, encontramos los conceptos del bien y del mal. Y en todos ellos, las mismas cuestiones: ¿Cuál es el origen del mal? ¿Cómo luchar contra él y conseguir eliminarlo?

El problema del bien y el mal: el Génesis de la Filatelia

Hace unos años, en la hoy desaparecida revista Crónica Filatélica, publiqué una traslación a la filatelia de textos bíblicos sobre la Creación. No se trataba de un uso irreverente de los escritos sagrados, tan sólo pretendía mostrar que esos principios en los que está enraizada la cultura judeocristiana, de la que somos herederos, es perfectamente válida en la sociedad actual y en particular en quienes practicamos la afición al coleccionismo de sellos.

Debido a que esa parte del artículo ya fue reproducido en Filatelia Digital, omitimos hacerlo de nuevo (el lector interesado basta que pinche en el siguiente enlace Génesis de la Filatelia)

A partir de ese texto que nos sitúa ante las relaciones comerciante – falsificador – coleccionista, centrémonos en el editorial de presentación de una revista filatélica de hace nada menos que 87 años.

EL HERALDO FILATÉLICO 

Fig. 1  -  Primer número de El Heraldo Filatélico. Mayo 1922,

Fig. 1  -  Primer número de El Heraldo Filatélico. Mayo 1922

Mayo de 1922. En Madrid ve la luz una nueva revista, El Heraldo Filatélico, órgano oficial de la UNIÓN HISPANO-LUSITANA, entidad que se declara “sociedad protectora de los coleccionistas honrados”en su portada. La revista pareció nacer ya herida de muerte. Se anunciaba con periodicidad trimestral; sin embargo, después del número uno transcurrieron nada menos que 16 meses hasta que el segundo viera la luz, en septiembre de 1923. ¡Casi año y medio!

Fig. 2  -  Segundo número de El Heraldo Filatélico. Setiembre 1923.

Fig. 2  -  Segundo número de El Heraldo Filatélico. Setiembre 1923.

 El número dos comunicaba a sus lectores que se habían vencido todas las dificultades, por lo que era presumible ver cumplida a partir de entonces la anunciada publicidad trimestral. Y eso sucedió con el número tres, editado el mes de diciembre de aquel mismo año 1923; pero ese fue el último. La revista había muerto y con ella los buenos propósitos que perseguía: “Estamos seguros de la buena acogida (dicho sea sin orgullo), que tendrá el HERALDO FILATÉLICO entre todos los coleccionistas, pués nos proponemos ser su acérrimo defensor, para lo que las columnas de esta modesta Revista, estará siempre a su entera y completa disposición. Nos proponemos desenmascarar a todas aquellas personas que, bajo el título de “coleccionistas de sellos” se aprovechan de los buenos coleccionistas para estafarlos despiadadamente.

Fig. 3  -  Tercer y último número de El Heraldo Filatélico. Diciembre 1922.

Fig. 3  -  Tercer y último número de El Heraldo Filatélico. Diciembre 1922.

Para evitar esto, publicaremos en cada número y en la LISTA NEGRA las señas de todos los estafadores y personas poco formales de que tengamos noticia, recomendado a nuestros miembros, y en general a todos los coleccionistas, que se abstengan de tener relaciones con esas personas y agradeceremos que nos avisen de cualquier informalidad de sus corresponsales y demás personas con quienes tengan trato. Esperamos que en esta ardua y difícil tarea nos ayuden nuestros colegas, miembros, las Sociedades Filatélicas, y en general, todos los coleccionistas” Ejemplos como el del Heraldo Filatélico los encontramos en otras revistas, sociedades e iniciativas, tanto anteriores como posteriores. Desde que naciera la filatelia han surgido buenas intenciones que han querido sanear el mundo del coleccionismo erradicando de él a los desaprensivos. Lamentablemente, siempre han acabado fracasando. Es sólo una ilusión pretender eliminar de raíz y en su totalidad a estos indeseables de la filatelia (me refiero, claro está, a los manipuladores y falsificadores del sello). Sería lo mismo que pretender erradicar el mal del mundo. El mal es consustancial con la condición humana, por lo que siempre tendremos indeseables entre nosotros. No obstante, no es excusa para no luchar contra ellos. Cuantos menos sean, menos daño causarán. Cuanto más se les dificulten sus acciones, menos damnificados generarán.

“Lo más atroz de las cosas malas de la gente mala,
es el silencio de la gente buena.”
Mahatma GANDHI,

Dicho de otro modo: la pasividad de los buenos da alas a los malos. La falta de colaboración de los propios interesados, coleccionistas y comerciantes, es la causa principal de que proliferen las falsificaciones y  manipulaciones con las que los desalmados estafan a los filatelistas de buena fe.

CÓMO AMPARA EL COLECCIONISTA AL ESTAFADOR

Por paradójico que resulte, muchas veces el estafador encuentra su mejor aliado en el propio coleccionista.

Parece mentira que el coleccionista sea capaz de adoptar esa actitud suicida con su peor enemigo. Sin embargo es así porque, inconscientemente, incurre en dos pecados graves:

1.-  La cobardía y el sentido del ridículo como fuerza autodestructiva.
Es frecuente el caso de los que tras ser estafados quieren silenciar el hecho por un falso sentido del ridículo. Se trata de una cobarde actitud frente al valor con el que deberían afrontarlo. Es para ellos más cómodo callar, sufrir las consecuencias de la estafa, que denunciarla y enfrentarse a la realidad.

2.-  La ambición como elemento de debilidad.
Hay ocasiones en el que sí tiene lógica ese silencio. Se trata de los que son tan culpables como los engañados por el timo de la estampita. La ambición de obtener una pieza lo más barata posible les lleva a adquirirla a un precio imposible. En el fondo, el comprador también pretendía engañar al vendedor, pagándole la pieza muy por debajo de su valor real. Es increíble que siga habiendo quienes creen que se pueden encontrar duros a una peseta y, tras comprobar que el duro es falso, no pueden denunciarlo para no acusarse a sí mismos de un claro intento de estafa.

CONNIVENCIA DEL COMERCIANTE CON EL FALSIFICADOR

”No es fácil opinar contra los propios intereses;
éstos arrastran las opiniones”
Jaime BALMES

El comerciante también puede ser responsable. Yo diría que de ordinario es  el más culpable.  Y dos son los pecados principales que le pueden llevar a una colaboración, aunque sea pasiva, con el falsificador:

1.- Ambición y falta de ética. Por activa o por pasiva.
Aunque ordinariamente quienes comercializan ejemplares falsos a sabiendas suelen ser vendedores no profesionales, también alguno de éstos cae en la tentación de “hacer la vista gorda” a la pieza falsa que, por una u otra razón, ha llegado a sus manos. La ambición de un beneficio fácil, unido a una ética que hace aguas, les marca el camino. Pero es más frecuente el pecado por omisión. Son más los que cierran los ojos y prefieren ignorar si lo que venden es bueno o malo. De esta forma “ojos que no ven…”

2.- Un pasado que ocultar.
Conozco algún profesional que se ha visto obligado a callar y no actuar contra un falsificador porque éste le amenazó con “hablar”. Espero que éste caso no sea frecuente.

¿Y LAS SOCIEDADES FILATÉLICAS?

Las sociedades filatélicas no parecen estar, en general, por la labor. Prefieren centrarse en otros objetivos. Es evidente que el problema de las falsificaciones es difícil y enojoso. Es fácil escudarse en el argumento de que se trata de un asunto que debe afrontar el interesado por la vía judicial o a través de las instituciones profesionales de comerciantes de filatelia.

¿Y LAS ASOCIACIONES DE COMERCIANTES?

De ellas, mejor no hablar, desde el momento en el mantienen en su seno asociados que son falsificadores? A los directivos de estas sociedades se les ponen los pelos de punta sólo con pensar que deberían actuar.

Hace unos años, una asociación extranjera expulsó a un miembro que se dedicaba a la restauración de sellos. El sujeto defendía la licitud de su trabajo con el argumento de que sus reparaciones sólo tenían la finalidad de embellecer la pieza y no estafar a posibles compradores La Asociación únicamente le exigió que identificara los sellos que reparara con una marca indeleble. La negativa a hacerlo fue la causa de que se le expulsara. Lástima que nuestras asociaciones no sigan ese ejemplo.

CONCLUSIÓN

Los ideales de “El Heraldo Filatélico” deben seguir vivos. Es necesario actuar. Pero no es algo que pueda hacer un solo individuo. Si las instituciones filatélicas no están dispuestas a entrar en acción. al menos deberíamos agruparnos con este fin quienes amamos de veras nuestra afición.

Enarbolar esta bandera abrirá paso a un camino ingrato con dificultades, incomprensiones e ingratitudes; pero el objetivo vale la pena. Casi nadie aspira a ser un héroe porque para ello corre el peligro de acabar siendo un mártir. Para la gran mayoría, el pragmatismo de Sancho Panza, la filosofía del “yendo yo caliente ríase la gente” es preferible al idealismo de una actitud quijotesca que es tachada de insensatez cuando no de locura. La lucha contra el mal exige mucho desinterés y altruismo, virtudes propias de espíritus jóvenes. En muchos, los años hacen su mella y la vejez se manifiesta en esa pérdida de generosidad. Cuando éramos jóvenes rebosábamos entusiasmo y ardíamos en deseos de reformar el mundo.

En el ámbito de la Filatelia hemos conocido a quienes no regateaban esfuerzos por luchar en favor de la pureza del coleccionismo filatélico y con el paso de los años han preferido abandonar esos ideales antes que poner en riesgo de pérdida los logros obtenidos a lo largo de muchos años (intereses económicos, reconocimiento social, etc.).

Los que antes gritaban “Esto tenemos que cambiarlo” ahora mascullan “Me limito a cumplir con mi trabajo y eso basta”.

Nunca erradicaremos totalmente el fraude del mundo del coleccionismo, como tampoco lo haremos de la sociedad en general, pero de la existencia de espíritus jóvenes y generosos no atados por intereses personales, depende que nuestra actividad sea más o menos limpia y que el desaprensivo tenga más o menos limitada su capacidad de actuación.