Buceando..., Fruslerías — 19 de diciembre de 2016

La filatelia de hace un siglo en la prensa diaria

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BUCEANDO EN LA HISTORIA (76)

Publicado en Revista de Filatelia  (Noviembre 2010) 

 

Ya entrados en el siglo XXI, la idea de la mayor parte de los ciudadanos sobre la filatelia es similar. Siempre encontraremos individuos con concepciones peculiares que se apartan del denominador común; pero en la sociedad actual se tiene una noción muy parecida sobre la filatelia. Las diferencias pueden incrementarse cuando nos referimos a países con un desarrollo social y cultural muy diferente.

Para adentrarnos en el estudio de la filatelia de finales del siglo XIX y principios del XX, podemos hacerlo desde dentro y referirnos exclusivamente a aspectos técnicos o bien acercarnos a ella desde fuera e intentar conocer lo que significaba para la sociedad de su época y su entronque con la cultura, el ocio y la economía de aquellos años.

En muchas ocasiones el árbol no deja ver el bosque. Los esquemas y conceptos que tenemos formulados sobre nuestra propia sociedad son un obstáculo para comprender plenamente épocas pasadas. Es el problema al que se enfrenta todo historiador: zambullirse en el pasado liberándose de los esquemas que tiene formulados sobre la realidad presente. Sólo así lograremos que la propia experiencia contemporánea distorsione, desvirtúe o desfigure la visión real de épocas pretéritas y por ende los juicios que elabore.

 

Primeras apariciones en prensa

El coleccionismo filatélico aparece reflejado por primera vez en una publicación periódica española, la “Revista de Correos” (1867/1894). El primer periódico filatélico era impreso en Madrid en 1870. Sin embargo, sus autores eran filatelistas y conocemos ya más o menos cómo concebían ellos la filatelia. Lo que buscamos en este artículo es el testimonio de quienes se encontraban fuera de ese mundo del coleccionismo, que era la inmensa mayoría de la sociedad. A ese fin nos ayudarán poderosamente los periódicos generalistas de entonces.

Es posible que la primera cita en un periódico español de un “profano” sobre el coleccionismo de sellos corresponda a la edición del 28 de abril de 1863 del “LLOYD ESPAÑOL” ([1]). Cuando menos yo no conozco otra anterior.

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En la sección “Variedades” el articulista se refiere a varios anuncios aparecidos en Londres por considerarlos interesantes, curiosos o extravagantes. Uno de ellos hace referencia a sellos de correos:1863-0428-el-lloyd-espan%cc%83ol-detalle-noticia-sellos-correos

“Sellos de correos.- Una señorita que desea forrar su dormitorio con sellos de correos ha sido tan bien secundada por sus amigos particulares que ha conseguido recoger 16.000. Pero siendo este número insuficiente, ruega a las personas benévolas que puedan disponer de estos objetos sin valor alguno, le ayuden a realizar su capricho”.

Destacaría dos aspectos significativos. Se juzga como un “capricho” el deseo de recoger sellos de correos, calificación acertada habida cuenta se lleva a cabo como una mera acumulación de ejemplares sin criterio alguno de selección ni clasificación. Y, en segundo lugar, se consideran los sellos de correos como “objetos sin valor alguno” demostrando que el coleccionismo filatélico es tan incipiente que su demanda resulta prácticamente inexistente y en consecuencia el mercado no les confiere valor comercial alguno.

Nacimiento y consolidación de la afición a la Filatelia.

el-averiguador-universal-webNo habrá de pasar mucho tiempo para que empecemos a leer noticias sobre la Filatelia en los periódicos; aunque lo cierto es que durante el tercer cuarto del siglo XIX el coleccionismo de sellos estuvo limitado a un número muy reducido de individuos que centraban en ellos su atención como un elemento relativo al Correo (es el caso de Mariano Pardo de Figueroa, Antonio Collantes y Martínez, José de Castro y Serrano, Manuel Rua Figueroa o José Puiggarí), o siguiendo una nueva moda de actividad coleccionista importada de otros países en los que ya estaba sólidamente afincada (como pudieran ser los casos de Santiago Ángel Saura, Felipe García Mauriño, Diego de la Llave o Tomas Torrebadella).

The American Philatelist([2]) en su nº 62 del mes de enero de 1872 publicaba un artículo de W. Dudley-Atlee en el que dice con exagerado optimismo:

“En España es donde ha tenido gran incremento la literatura filatélica. Dos periódicos consagrados exclusivamente a sellos han salido a luz, pero por corto tiempo([3]), a causa sin duda de la falta de constancia de sus editores, pues indudablemente el número de coleccionistas aumenta en aquel pais. Los amplios trabajos publicados en folletos, revistas y gacetas por el Sr. Dr. Thebussem y los diferentes artículos estampados en El Averiguador([4]) han prestado gran servicio a nuestra ciencia en tierra de los hidalgos.” ([5])

Un paso hacia atrás, pero dos hacia delante.

El incipiente coleccionismo de sellos en España daba la impresión que no iba a acabar de arraigar porque era dificil saber si los avances superaban a los fracasos. La primera revista filatélica en 1870 sólo consigue imprimir el primer número y la segunda alcanza tan sólo dos meses de vida y cuatro números. La desaparición de estas publicaciones dejará huérfana de revistas especializadas a la filatelia española durante dos décadas. Sin embargo se experimentan avances por otros lados.

Un suelto en “LA CORRESPONDENCIA DE ESPAÑA” del 11 de agosto de 1875 decía:

“La Revista de Correos ha publicado una curiosa carta de D. Felipe García Mauriño, uno de los más entusiastas y entendidos coleccionistas de sellos de correos, dirigida al señor barón Rothschild. En ese escrito resuelve varios importantes datos dudosos de la filotélica, respecto a la autenticidad de muchos timbres sobrecargados. Los aficionados deben leer ese curioso artículo”.

Obsérvese que en cuatro líneas se repite dos veces el calificativo “curioso”, porque el interés de la noticia no está tanto el que pueda despertar en los lectores la afición a la filatelia, sino “lo curioso” por no decir extraño, peculiar, llamativo, raro o extravagante que resulta a los ojos de la mayoría de los lectores del periódico que una persona culta dedique su tiempo a semejante actividad. El redactor nos sorprende tambén con la utilización de un extraño término: “filotélica” reflejo de que todavía no se ha optado definitivamente por la palabra “Filatelia” frente a “philatelia”, “timbrología, “filotelia” etc. Aunque desde luego hablar de “la filotélica” para referirse a “la filatelia”, no es ya una opción sino una aberración.

Filatelia: manía o chifladura.

Todavía estábamos lejos de que nuestra afición fuera considerada una actividad culta de ocio con significación económica suficiente para ser también un medio de ahorro y susceptible de dedicarse a ella de manera profesional.

En “LA VANGUARDIA” del 20 de julio de 1886 leemos:

“Pues señor, no hay duda que hay gente para todo.
Unos coleccionan sellos.
Otros cuentan las mayúsculas que lleva un número de la Gaceta.
Estos suman los intereses que produciría un perro chico antes de la aparición de los perros sobre la superficie del globo.
Aquellos se presentan todos los días en casa de Bismarck con la báscula, guiados del plausible deseo de averiguar si se desarrolla el muchacho”.

En definitiva, coleccionar sellos era considerado propio poco menos que de majaretas o chiflados.

Hoy me referiré, por último, a un curiosísimo artículo que publicaba “LA VANGUARDIA” ocupando toda la portada del periódico el 8 de septiembre de 1889. En él se comentaba que el filósofo alemán Schopenhauer juzgaba la vida humana “como una cadena de desdichas y como un tejido de calamidades.

El esfuerzo de la pobre humanidad, dice, es tan solo para aligerar en lo posible el peso de la vida, volverla insensible, matar el tiempo y librarse del aburrimiento de la existencia. Partiendo de este principio, cree que para llegar el ser humano al momento de la muerte sin ser tan desgraciado como es costumbre, es preciso que tenga una manía o dos si la salud se lo permite. Algunos, tomando el axioma al pie de la letra, creerán que la humanidad no ha de ser muy desdichada, ya que sus individuos están bien provistos de manías y preocupaciones, pero a esto añadiría el filósofo, que esas son aficiones pasajeras que no levantan ampollas en el cutis y que él se refiere directamente a las chifladuras crónicas, esto es: a las que absorben nuestra atención durante un largo período de tiempo, distrayendo el aburrimiento natural de la vida y haciendo la existencia más llevadera.

El número de estos chiflados se divide en tan extensa variedad de especies y son tantas y tan complicadas sus ramificaciones que nos sería imposible enumerarlos sin caer en involuntarias omisiones. Forman parte en primera fila, (de la que formo parte) con sus innumerables especialidades, alguna de las cuales hace más cómica su manía disculpándola con el “interés de la ciencia” y que hacen por sí solos una galería curiosa de caricaturas; siguen luego los naturalistas aficionados que se pasan la vida clavando alfileres a toda mariposa o escarabajo que se les pone al alcance y almacenando todas las especies de caracoles que han existido desde mucho antes de la cristiandad; van siguiendo los numismáticos, recogiendo los ochavos de la historia; los cazadores de fósiles, revolviendo todas las canteras del planeta; los inventores frustrados y no comprendidos de su siglo, los alpinistas de secano subiendo a los más altos picos sólo para anotarlo en sus bastones, toda la caterva de aficionados, los cazadores, los velocipedistas, coleccionadores de sellos, de aleluyas, de gozos y otra infinidad no menos inofensivos y no catalogados todavía, que burlándose mutuamente de sus aficiones, forman gran núcleo, compacto y abigarrado”

Vemos cómo los filatelistas eran, pues, equiparados a los coleccionistas de aleluyas o gozos, sólo un peldaño por encima de los “no catalogados todavía”. Eso de coleccionar sellos seguía siendo extremadamente minoritario.

Lo que sorprende, por inesperado, es que para el autor del artículo todo lo transcrito hasta aquí era mera introducción al objetivo principal donde quería centrar su atención. El tema era un asunto de moda en la Barcelona de aquella época. Algo tan extendido (sic) que le lleva a ocupar toda la portada del periódico y parte de la segunda página. Continuemos la lectura para ver de qué se trata.

“Pero de todas las chifladuras la más general, entre nosotros sobre todo, por estar al alcance de todas las inteligencias, es la de poseer una torre de recreo y de ésta nos da hoy la chifladura de ocuparnos.

En cuanto el hombre llamado por este camino ha consultado la libreta de cuentas y ve que hay un sobrante en el balance de su negocio, ya le bulle por el perturbado entendimiento la idea de poseer una de esas granjas modelo de mal gusto y entrar a formar parte del gremio de propietarios campestres, con una buena fe y un entusiasmo dignos de mejor causa.”([6])

Podemos concluir que prácticamente hasta finales del siglo XIX la filatelia en España era cosa de una minoría muy reducida y el resto de la sociedad contemplaba como a individuos peculiares, gente con manías o chifladuras y, en cualquier caso como “raras avis” a los coleccionistas de sellos. Sólo los autores que destacaban por su calificación cultural o profesional escapaban a esas connotaciones con tintes peyorativos que conllevaba la filatelia.

En los próximos artículos veremos cómo, a partir de 1890, la filatelia española experimenta un rápido desarrollo y una sustancial evolución que la llevan a ocupar un nuevo estatus en la sociedad para ser coronada en la segunda mitad del siglo XX como el más importante y universal de los coleccionismos.

 


 

Notas:
([1]) Este periódico de publicación diaria vio la luz en Barcelona el domingo 1 de septiembre de 1861. Tenía su redacción en la calle Escudillers. Su cabecera rezaba: “LLOYD ESPAÑOL/ Diario Político Independiente/ Diario Economista, Marítimo, Mercantil Industrial, Literario, de Noticias y Avisos” aunque inicialmente su redacción se estableció en el 2º piso del nº 44 de la calle Ancha y el subtítulo de su cabecera se limitaba a “Diario Marítimo de Intereses Mercantiles”

([2])  “The American Philatelist” es la revista filatélica más antigua del mundo publicada mensualmente desde 1886 por la “American Philatelic Society” (APS), la mayor sociedad de coleccionistas de sellos. La APS fue fundada el 14 de septiembre de 1886 en Nueva York y cuenta en la actualidad con más de 45.000 miembros repartidos a lo largo de 110 países de los cinco continentes.

([3]) Se está refiriendo a las dos primeras revistas filatélicas de nuestro pais: “El Indicador de los Sellos” cuyo primer y único número fue editado en Madrid por Eduardo Gilabert en julio de 1870 y “El Coleccionista de Sellos” que con periodicidad quincenal publicó Balbino Cotter Cortés, también en Madrid, durante los meses de febrero y marzo de 1871, y que sólo alcanzó hasta el número 4.

([4])  “EL AVERIGUADOR UNIVERSAL Correspondencia entre Curiosos, Literatos, Anticuarios, etc. etc.” fue una revista que en su segunda época (1871-1872) se publicaba en Madrid con periodicidad quincenal contando con valiosas colaboraciones del Dr. Thebussem.

([5] )  La “GUÍA DE SEVILLA para 1891” de Vicente Gómez Zarzuela. A pesar de editarse 20 años después de que apareciera el artículo de la revista americana,. demuestra que ese crecimiento del número de filatelistas es una exageración al publicar la más ántigua relación de coleccionistas de sellos españoles y cita únicamente a doce en toda Sevilla al comenzar la última década del siglo XIX.

Posteriormente, en 1898, el “ANUARIO FILATÉLICO DE ESPAÑA Y COLONIAS” de José R. Bourman impreso en Málaga nos confirma que sólo a fines de siglo el coleccionismo filatélico empieza a expandirse de forma notable en España-

([6])  Efectivamente proliferaron las torres alrededor de Barcelona y muchas se conservan todavía , con la diferencia que fueran construidas “en el campo” y hace tiempo el crecimiento urbano las engulló y en buena parte desaparecieron para dar lugar a edificios comunitarios.