Buceando..., Fruslerías — 3 de julio de 2014

La ley de Gresham y el futuro de la filatelia (II)

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Buceando en la Historia de la Filatelia 049

Publicado en Revista de Filatelia (septiembre 2004)

 

En la última entrega (Buceando en la Historia nº 48), reproducíamos un artículo de 1903 en el que su autor, a partir de unos datos extraídos de un análisis parcial del coleccionismo de sellos de la época, extraía la catastrófica previsión de la “muerte de la Filatelia”. Cien años después la historia ha sido categórica sentenciando esa visión como un craso error.

Comenzábamos con la cita de Henry Ford “No encuentres la falta, encuentra el remedio”. Ciertamente resulta del todo infructuoso recrearse en la denuncia de los errores y el colmo es, como colofón de ese análisis de lo negativo hundirse en el pesimismo predicando futuros tenebrosos. De qué serviría la medicina si únicamente nos ofreciera la diagnosis? ¿Para qué queremos un diagnóstico y a él no le sigue una terapia curativa o una cirugía correctora?

Intentemos, por consiguiente, a diferencia de la revista de hace un siglo, ser constructivos y vayamos en pos de la solución de los problemas..

No intentarlo por miedo al fracaso es como suicidarse por miedo a morir

Es más que evidente que los problemas que afectan a la globalidad de un mercado no se arreglan de la noche a la mañana; las soluciones en ningún caso pueden ser fáciles. Pero esa dificultad que nos ofrece la imagen de un posible fracaso, jamás puede justificar que renunciemos intentarlo.

Aunque sea de forma sucinta, analicemos el último aspecto que denunciaba el artículo de “El Coleccionista de Sellos”: El mito de las altas cotizaciones de los catálogos.

Los catálogos, entre otros defectos, siempre han pecado de partidistas. Sus editores no se han podido sustraer a la tentación de catalogar y cotizar en función de sus propios intereses. Más que el valor de los sellos en muchos casos el catálogo responde a los precios que el autor querría que valiesen sus existencias.

Tanto es así que podríamos extendernos casi ilimitadamente en ejemplos; pero, por no acudir al pasado, veamos como botón de muestra el caso del catálogo Edifil. Cuando hace 40 años vio la luz su primera edición, sus promotores (la mayoría de los comerciantes de filatelia españoles) buscaban huir de las manipulaciones en las que caían los catálogos al uso en España por aquella época: Critikian, Hevia y Lama. Pronto pudo comprobarse que los administradores de la sociedad editora caían en los mismos defectos.

Los filatelistas más críticos se dividieron en dos grupos: por un lado, los que denunciaron el mal y lo repudiaron sin ir a más. Por otro, los que colaboraron con Edifil aportando constructivamente datos y correcciones que han conducido a la actual edición del primer tomo especializado por primera vez a todo color. ¿Es un catálogo perfecto? Evidentemente no.

Han pasado 40 años, que no son pocos, y, de las dos líneas críticas, la primera únicamente ha proferido quejas y lamentos sin pasar de ahí, sin aportar nada positivo. La otra, por el contrario, en la que se encontraba el personaje seguramente más crítico que ha conocido nuestra filatelia del siglo XX, Álvaro Martínez Pinna, ha ido puliendo y mejorando sus contenidos. Queda mucho todavía por hacer, pero nadie puede negar que no es corto el camino ya recorrido. Y eso se lo debemos agradecer a quienes no se arredraron ante un objetivo difícil, casi imposible.

Ilustración web 1

Sir Thomas Gresham (1519-1579) en un retrato de juventud.

La ley de Gresham

El mercado (el filatélico también), en un cierto sentido, es un ser vivo. Y como tal ser vivo padece enfermedades. Esos males, como hemos dicho, podremos afrontarlos y solventarlos o dejar que se enquisten y se hagan crónicos. En el primer caso, solventado el mal, todo solucionado. En el supuesto que el mal se haga crónico el mercado difícilmente morirá, ya que tiene recursos y resortes propios para evolucionar. Para hacer lo que en el mundo animal denominamos adaptarse al medio.

Un sumarísimo vistazo a la historia de la filatelia nos lo hará ver inmediatamente. Aquí es donde podemos aplicar por analogía la “ley de Gresham”.

Thomas Gresham (1519-1579) Fue un financiero inglés, asesor de S.M. Elisabeth. Hombre de negocios brillante y con éxito que empleó su fortuna en la construcción un centro de cambios que sería conocido como el Royal Exchange después de la visita que hizo la reina Elisabeth en 1871. Se trataba de un precursor de la “London Stock Exchange”, la Bolsa de Londres.

A él se le atribuye la conocida como ley de Gresham, aunque ese comportamiento monetario ya hubiera sido enunciado por otros con anterioridad.

Entendemos como ley de Gresham el principio por el cual, en una economía en la que convivan monedas de cambio  distintas, “la moneda mala desplaza a la buena”. No hay que ser ningún genio de la economía para entender que si tenemos dos tipos de moneda primero gastaremos la que consideremos mala, de menos valor o con perspectivas de futuro peores, para quedarnos con la que nos parezca mejor.  Cuando el bimetalismo oro-plata convivía, el aumento de valor de uno de los metales, hacía que las monedas acuñadas con él fueran acaparadas y todo el mundo intentara pagar con la otra. Si la plata, proporcionalmente, aumentaba de precio más que el oro, la gente acaparaba las monedas de plata y utilizaba el oro en sus pagos. Así es como queda circulando la moneda mala y la buena es desplazada del mercado y queda retenida en las arcas de sus propietarios.

Siguiendo el enunciado de este principio económico, a lo largo de toda la historia, el sello malo ha desplazado el bueno. En el mercado encontramos con facilidad los sellos que no interesan, los malos. Los buenos son desplazados del mercado y acaparados por coleccionistas y comerciantes.

Cuando algunos países han prostituido (en mayor o menor medida) sus emisiones de sellos, el coleccionista los ha rechazado y siguen en el mercado sin encontrar salida. Por el contrario, los considerados buenos o más apetecibles permanecen apartados del flujo mercantil en los álbumes de los coleccionistas.

Cuando comenzaron a multiplicarse las emisiones de sellos en todos los países, el coleccionista se vio imposibilitado de seguir una colección mundial como había sucedido hasta entonces. Fue en aquel momento cuando comenzó a hacerse una primera selección de sellos a coleccionar. Quedaron marginados los correspondientes a países de menor interés y a los países “malos”. El primer gran escándalo fue el de las “emisiones Seebeck” que por su naturaleza especulativa hizo caer en el descrédito, no sólo a esas emisiones, si no, en general, a los países sudamericanos en los que este personaje actuó a lo largo de la última década del siglo XIX.

Sin ir tan lejos podemos ver en la actualidad muchos ejemplos que van desde los países árabes a los africanos, pasando por los del Caribe que han depositado en manos de comerciantes filatélicos su política de emisiones. Programadas la emisiones en función de los intereses filatélicos de sus promotores en lugar de las necesidades postales del servicio correspondiente de Correos, el mercado filatélico las acaba repudiando.

Cuando los países considerados “serios”, orientan también su política de emisiones casi exclusivamente al mercado filatélico, en lugar de hacerlo hacia el franqueo de la correspondencia, no es de extrañar que el mercado, de forma natural, también reaccione y desplace de él las existencias de sellos de calidad para que en él encontremos prioritariamente sello de baja calidad y emisiones modernas en su mayor parte por debajo del valor facial.

La filatelia no se muere, evoluciona y se desarrolla

Así fue en el pasado y así será en el futuro. En nuestras manos está la orientación que esa evolución haya de seguir.

Las leyes del mercado de objetos de colección son éstas y a ellas nos debemos remitir. Los principios son generales y lo mismo que estamos diciendo de la filatelia lo podemos aplicar a cualquier otro coleccionable, ya sea pintura, escultura, arte en general, numismática, tarjetas, etc.

A lo largo de la historia todas las experiencias vividas por el mercado, ya sea en el área de la especulación, de la manipulación de las políticas de emisiones o por parte del sector de la inversión, nos enseñan que el coleccionista busca el sello creado para su finalidad natural (su uso postal) virgen de manipulaciones. Todo lo demás es rechazado; como la mala moneda.