La huella del falsificador 007
Publicado en El Eco Filatélico y Numismático
Cualquier parte integrante de una pieza filatélica falsificada o manipulada es susceptible de contener la huella o rastro que delata al autor del fraude. Cuando se trata de estudiar un sello o una carta a fin de determinar su autenticidad y poder asegurar que no ha sido manipulada para engañar al posible comprador, es preciso un examen metódico y sereno. Se deben estudiar todas las posibilidades de fraude analizando cada uno de los elementos que lo componen.
La intuición es una habilidad de la que no todos gozamos en la misma medida, pero resulta evidente que se afina o refuerza con la experiencia. Es esa especie de olfato que se desarrolla con los años de ejercicio de una actividad. Se trata de una sensación instintiva que, si bien no suele engañar, no sirve como argumento probatorio frente a terceros. Está bien que un primer paso para trabajar sea la intuición, ese presentimiento que nos hace ver cuál será el veredicto en un plano distinto al del conocimiento racional; sin embargo eso sólo puede ser un primer paso para dirigirnos a la búsqueda de los datos objetivos que den consistencia a nuestro juicio.
En la historia de la filatelia española ha habido importantes expertos cuyo motor principal era la intuición. Frente a ellos, otros han jugado prácticamente todas sus bazas cimentándose en el estudio del objeto examinado, analizando sus diversos aspectos y comparándolos con los característicos de una pieza original. ¿Es más certero el análisis de uno u otro tipo de experto? No, ninguno de ellos debe considerarse, a priori, mejor.
Notemos, sin embargo que, cuando aceptamos el veredicto de ese primer tipo de expertos, que sustentan su dictamen en su excelente «ojo» o primera impresión, principalmente fruto de su experiencia, es necesario hacer un acto de fe en su autoridad para aceptar el veredicto. Por el contrario, en los segundos, independientemente de su mayor o menor autoridad o nivel de conocimientos, el peso de su dictamen se sustenta fundamentalmente en el valor de la argumentación y de los aspectos objetivos considerados.
En paralelo a estas consideraciones hay aspectos en el estudio de una pieza filatélica que, aunque como la intuición, no tenga fuerza probatoria y sólo nos ofrezca una mayor o menor probabilidad de orientarnos en el camino certero, no los debemos desechar.
La falsificación es mucho más fácil y ofrece mayores posibilidades de pasar por auténtica cuantos más elementos originales tenga. Por ello el delincuente no falsifica una carta a partir de un papel en blanco, sino que utiliza cartas originales en las que altera, añade o elimina alguno de sus componentes.
Seguramente Sperati ha sido el peor de todos los falsificadores, por la dificultad de identificar sus fechorías y por el volumen de sus estafas. De él hemos aprendido que las falsificaciones más peligrosas son las realizadas con papeles originales de la emisión (utilizando bordes de hoja o decolorando la impresión de un valor bajo para estampar el dibujo del valor más raro de la misma emisión). Incluso llegó a respetar los matasellos originales; así lograba «producir» falsificaciones que tenían el papel y el matasellos originales, lo que lógicamente inducía a pensar que se trataba de ejemplares auténticos.
Estos principios son válidos para todo tipo de falsificaciones, no sólo de sellos. Recuerdo que en una ocasión recibí una oferta por un libro en folio del siglo XVII con todas las hojas sin imprimir, en blanco. En principio no entendí el interés que pudiera tener; más tarde supe que se trataba de obtener papel original para falsificar. Todavía conservo los ejemplares.
Es habitual que el delincuente adquiera las piezas individuales que considere susceptibles de utilizar en sus falsificaciones procurando no hayan sido fotografiadas para no verse delatado si llegara a establecerse la comparación entre el «antes» y el «después» de su manipulación. Pero, si en alguna ocasión logra adquirir un archivo de correspondencia íntegro o casi entero, miel sobre hojuelas: mejor así que buscar carta a carta con el riesgo de que esté reproducida por alguien que le pueda poner en evidencia. Esto es lo que ocurrió con los archivos Ramón A. Ramos y Vda. de Fortea.
El archivo Ramos se caracteriza por tener gran número de montajes con sellos bisecados de diversas emisiones. Un ejemplo es la carta que se reproduce en la figura cedida por Jesús Sitjá procedente de su archivo de estudio y documentación postal. Hace ya como treinta años que están circulando por el mercado y cualquier filatelista medianamente informado es conocedor de estos trucajes. Sin embargo todavía hay quienes se ven engañados por su ignorancia. Es lo que ocurre con la carta de la figura 2. Se trata de un franqueo tan espectacular que sólo verlo debiera despertar todo tipo de sorpresas.

Fig. 2 – Carta con sellos de la emisión de 1870. Montaje con dos ejemplares bisecados que tuvo que ser retirada de una reciente subasta al ser denunciada como falsa.
Si una buena parte de las manipulaciones de ese archivo estuvo orientada a la «producción» de franqueos bisecados, no nos engañemos; también se produjeron otras falsificaciones como nos muestra el matasellos falso de la carta de la figura 3 (archivo Sitjà).
El archivo Ramos, causó graves daños pues en su momento se vieron contaminadas algunas de las mejores colecciones españolas incluso con grandes premios internacionales. Sin embargo, hoy ya no es demasiado problemático desde el mismo momento en el que se tiene conocimiento de que fue manipulado y de que prácticamente no se conoce ninguna carta con mediano interés que sea auténtica.
No ocurre lo mismo con el archivo de la Viuda de Fortea y en ese sentido se puede considerar más peligroso. Fue «trabajado» por un conocido falsificador de la época hace más de cincuenta años y junto con una gran cantidad de montajes existen piezas interesantes ciertamente genuinas. La imagen 4 nos muestra una carta que pretende haber sido franqueada con un sello de 4 cuartos de 1864 dentado particularmente en su época. El dentado del sello es falso.
Los dos archivos de los que hoy hemos hablado son muestra de los que podemos calificar como archivos malditos. Malditos porque han sido contaminados por la infame intervención de un falsificador. Pero que por esa misma condición son el primer motivo de alerta para evitar el engaño. Esta vez la huella del falsificador la detectamos en la «materia prima» con la que trabajó


