La huella del falsificador 022
Publicado en El Eco Filatélico y Numismático
Cuando nos encontramos ante un sello podemos interrogarnos sobre su autenticidad o la posibilidad de que estemos ante un ejemplar con algún tipo de manipulación. Ese pensamiento no se le escapa a ningún filatelista con un mínimo de experiencia cuando tiene a la vista un ejemplar de singular rareza o de un precio muy elevado. En más de una ocasión hemos comentado el peligro de bajar la guardia frente a piezas más o menos corrientes. Hoy centramos nuestra atención en esos sellos o cartas que fácilmente se “cuelan” de soslayo en nuestras colecciones porque no les hemos prestado suficiente atención pensando que su reducido valor las mantenía al margen de las acciones del falsificador. El punto de partida de esa reflexión es correcto. El falsificador, en general, sólo trabaja para obtener un beneficio y si no le genera rentabilidad, no manipulará un sello o una carta. El error no está en ese razonamiento, sino en el cálculo: no valoramos correctamente la rentabilidad que obtiene el falsificador en piezas de escaso importe. Vamos a ver algunos ejemplos:
En la figura 1 se reproduce una carta con matasello fechador de Mataró, también estampado al lado. La carta fue vendida por una casa de subastas española en 2002 por la exigua cantidad de 6 euros y el comprador la devolvió por tratarse de un montaje. Efectivamente el sello tenía el matasellos de otra fecha y se le había raspado de forma burda el día y el mes para que no se puedieran leer. Como el matasellos es muy corriente y la carta no es de muy buena calidad ¿Quién piensa en principio en una manipulación? Para el manipulador el tiempo y esfuerzo en el “trabajo” es mínimo.
- Fig. 2.- Frontal dirigido a Tudela. Matasellos de cartería BARRES
El frontal de plica reproducido en la figura 2 es una caso parecido. El montaje no ha significado ningún esfuerzo para el delincuente. Tan solo ha pegado los sellos en la plica. La rentabilidad puede ser pequeña por tratarse de una pieza de precio limitado, pero el “coste de producción” es despreciable. Vamos ahora a contemplar el que puede ser uno de los casos más extremos de falsificación de un sello de poco valor. Y estamos calificándolo como caso extremo porque la cotización del sello en el mercado es mínima. Se trata del sello de 1 céntimo emitido hacia el 11 de julio de 1920 y que Edifil equivocadamente lo cataloga con el nº 291 delante de la primera serie aérea (292/96). La serie aérea debía figurar catalogada primero porque fue puesta en circulación con anterioridad (1 de abril de 1920), pero ese es otro tema. Las figuras 3, 4 y 5 nos reproducen, respectivamente, el sello original, la rara prueba de punzón del grabado tipográfico y el sello falso
Como era presumible la prueba nos ofrece una impresión más nítida y precisa del dibujo del sello que el ejemplar de la tirada ordinaria que reproduce la figura 1. Pero ambos diseños son idénticos. No ocurre lo mismo con el sello falso, con un dibujo mucho más tosco, impreciso y que ofrece múltiples diferencias con los originales, Una ampliación nos lo permitirá observar con mayor claridad:
Comparemos la leyenda y el adorno central del lado derecho de esos ejemplares como se muestra en la figura 6 al ampliar. No son precisos comentarios porque tampoco se necesita una vista de lince para apreciar las diferencias entre las piezas originales y el sello falso. El sellito de marras está valorado en el catálogo Edifil, nuevo sin charnela en 0,45€, con restos de fijasellos en 0,30 y en 0,20 € si está matasellado. La falsificación se hizo en papel sin engomar. Es difícil encontrar un sello más barato en el catálogo español, y más concretamente en la parte del primer centenario. ¿Cómo es posible que el falsificador rentabilizara su fechoría? Sencillamente imprimiéndolos e cantidades enormes y vendiéndolos como “paquetería” (sellos destinados a formar “paquetes” de 100, 200 etc sellos de tal pais o temática). Como el sello es feo con ganas y pequeñito de tamaño, se comercializaba, incluso por esta vía, a un precio muy bajo; pero servía para complementar a coste reducido combinaciones de sellos de mayor calidad estética. La operación se efectuó hace más de 59 años en el extranjero, pero la impresión, al parecer, se hizo en España. Desde luego, este no es un caso aislado. Podríamos hablar de muchos otros; pero bástenos ahora el sello de 1 céntimo de 1920 para aprender la lección de que, ya sea por una u otra causa, todo sello está sujeto a la posibilidad de ser falsificado o manipulado. Como reza el encabezamiento de este artículo, de la posibilidad de fraude “no se libra ni uno”. Tras una afirmación como esa, si alguien estuviera tentado de caer en el alarmismo, que se tranquilice, no debemos dejarnos arrastrar por falsas alarmas. El peligro puede ser real, y en muchos casos lo es, pero combatirlo puede ser también muy fácil. En próximos números de esta revista describiremos el camino por el que el coleccionista de sellos puede relajarse y andar seguro, no se trata de itinerarios muy diferentes al del coleccionista de monedas, pintura o arte en general.



