¿Quién teme al lobo?

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La huella del falsificador 30

Publicado en El Eco Filatélico y Numismático (mayo 2012)

 

El hombre es un lobo para el hombre.
                    Thomas Hobbes (1588-1679) 

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Fig. 1 – Frente de una carta pretendidamente certificada

Ante nosotros un frontal cuyo origen exacto desconocemos porque carece del texto de la carta y de anotacines de archivo al dorso. Tiene un fechador de Lugo tipo 1854 del día 6 de mayo de 1856 en color azul oscuro. El destinatario es el señor Fernando Tomás Montenegro en su casa principal de Sísamo, el pazo de Souto.

El franqueo: un sello de 4 cuartos y otro de 2 reales equivale a la tarifa de una carta sencilla de correo nacional (4 cuartos) certificada (los 2 reales para el pago de los derechos de certificación).

También observamos el texto manuscrito: “Recibida en 15. / de Mayo de 56” la mitad a cada uno de los lados del sello superior

No he logrado tener en mis manos este frente de carta, por lo que el estudio no ha podido ser completo. Sin embargo sí podemos extraer algunas consecuencias bastante elocuentes para poder afirmar que no se trataba de un certificado:

1.- Tanto si la carta tuviera como origen la administración principal de correos de Lugo como una de sus estafetas dependientes de ella, debiera haberse especificado en origen que se trataba de este tipo especial de correspondencia por medio de las aspas o cruces en las esquinas, con las marcas postales oportunas y con la reglamentaria toma de razón. No puede ser que falte todo ello.

2.- El itinerario descrito por el remitente para llegar al citado pazo de Sísamo es correcto: La Coruña – Carballo – Sísamo.
Según el Diccionario Geográfico de Andrés González Ponce de 1855, Sísamo (Santiago de) entraba y sacaba la correspondencia por La Coruña y efectivamente así era por tratarse únicamente de una feligresía de 488 almas perteneciente a Carballo. Ello justifica la ausencia de cualquier marca de sello o manuscrita de Sísamo.
Por su parte Carballo, por aquellas fechas, carecía de oficina postal y dependía de la principal de La Coruña como relaciona la “Razón de los Pueblos Pertenecientes al Distrito de la Administración de La Coruña” (c. 1830). Ello corrobora que la carencia de marcas de Carballo, estampadas o manuscritas, es correcta.
Pero no sucede lo mismo con La Coruña. Según la legislación postal en vigor para la correspondencia certificada en la administración principal de destino debía tomarse razón de la llegada y hacerse la oportuna anotación tanto el frente de la carta para su remisión al remitente como justificante de su entrega al destinatario como en los registros que celosamente se cumplimentaban nada más arribaban los correos. Es impensable que no se cumpliese tampoco allí la normativa.

3.- El supuesto recibí tampoco se ajusta a lo establecido por no estar firmado.
Sólo figura una rúbrica sin identificación de la persona a la que ha sido entregado el envío.
Además, no guarda la fórmula usual: “Recibí…” sino que utiliza la clásica redacción de archivo “recibida” segida de la fecha correspondiente.

4.- Es anómala la ubicación de los sellos, uno en el centro de la parte superior y otro en el ángulo inferior izquierdo.

5.- Y para colmo de males las parrillas que matasellan los dos sellos son completamente diferentes. Al parecer el vendedor que ofrecía esta pieza daba una extraña explicación de que el sello original de 2 reales se había desprendido en el transcurso de los años y se había sustituido por otro de la misma clase por cuestiones de estética.

Las otras huellas del falsificador

Como estamos viendo a lo largo de los artículos de esta sección, el falsificador deja sus huellas en las piezas que manipula y a través de ellas podemos identificar trucajes y falsificaciones evitando ser defraudados.

Esa señales pueden ser una características específicas de su “obra” u omisiónes de mayor o menor entidad que habremos de saber valorar en su precisa medida. Pero tambien su comportamiento le puede delatar o al menos nos puede poner en guardia.

He aquí algunas pistas. No son actitudes en sí mismas criticables, pero deben ponernos sobre aviso:

– El vendedor se ve obligado a dar extrañas y a veces muy rebuscadas explicaciones para demostrar que es normal alguna circunstancia anómala de la pieza.
– El precio de venta es muy inferior al de una pieza similar vendida en otras circunstancias, por ejemplo, en una subasta pública.
– Nos acucia para tomar la decisión de adquirirla sin tiempo de hacer las consultas pertinentes o refrendar por medio de un experto de confianza su calidad y autenticidad.
– La operación de compra se ha de efectuar sin una factura oficial.
– Nos exige la máxima discreción y no hacer pública la compra de esa pieza para lo cual nos da precisas y detalladas razones, que pueden parecer muy justificadas.

El temor como instrumento de la virtud

No estoy de acuerdo con el pensamiento de Hobbes según el cual el estado de naturaleza anterior a la organización social es una lucha individual de todos contra todos en la que el hombre es un lobo para el hombre.

Pero sí es cierto que cuando el individuo sólo tiene en cuenta su propio interés sin respeto a ningún tipo regla, tanto las derivadas de la ley natural como de las leyes civiles, se convierte en un delincuente, un auténtico lobo para los demás hombres. Es en este sentido en el que podemos aplicar la cita de Hobbes.

A lo largo de la historia, en la literatura, en los cuentos y mitos transmitidos por la tradición oral e incluso en las Sagradas Escrituras tenemos innumerables ejemplos en los que el lobo encarna el ejercicio del mal en perjuicio del inocente.

El falsificador es un delincuente y valga para él la figura del lobo.

Para el coleccionista el temor puede ser una señal de alerta, una llamada de atención a estar vigilantes, convirtiéndose en un instrumento de la virtud de la prudencia.

 

 

Post scriptum

Cuando daba por finalizado el presente artículo me llega la imagen de otra pieza casi gemela a la protagonista de nuestros comentarios.

También se trata de un frontal que el lector puede contemplar reproducido en la figura 2.

Procede del mismo archivo, de igual origen, dirigida al mismo destinatario, con idéntica redacción, del mismo año, con igual franqueo, ofertada también como un certificado, en el que faltan, curiosamente, los mismos requisitos propios de una carta certificada y ¡pásmense!: se da la casualidad que también le ha sido añadido un sello por “razones estéticas” por haberse “caído” el que estaba en el documento original.

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Fig. 2 – Frente de otra carta con semejantes características

No lo dudemos. Hay que temer al lobo que suele presentarse como una inocente criatura dispuesta a hacernos un favor.

Que cada uno saque sus consecuencias.