España, Fruslerías, Historia Postal — 24 de marzo de 2016

Testimonios postales de las intervenciones militares españolas en el extranjero en el reinado de Isabel II (1)

por

Ejército español en Portugal

Artículo publicado en la revista Academvs nº 17 (noviembre 2013)

En este trabajo, como su título anuncia, se trata de analizar desde el punto de vista postal la correspondencia relacionada con aquellas intervenciones militares españolas en el extranjero que tuvieron lugar en el transcurso del reinado de Isabel II. Cada una de las que aquí se analizan se inicia con una descripción de los acontecimientos que la propiciaron, seguida -como no podía ser de otra manera- de un sucinto relato de las principales acciones bélicas subsiguientes, acontecimientos que es inexcusable conocer si se pretende tener una visión del tema más allá de la simplista, consistente en atesorar, sin más, las entrañables cartas de o para los integrantes de los ejércitos expedicionarios españoles en aquella ya calificable hoy de lejana época.

Como consecuencia de la pérdida de la mayor parte de las colonias de América en el reinado de Fernando VII -el Borbón de más ingrato recuerdo de nuestra historia- España entró en una etapa de desprestigio internacional, al que contribuyó de manera notable la actitud de los políticos nacionales, enredados en una constante lucha por el control del gobierno, objetivo que absorbía prácticamente toda su atención. Así, de una manera que merece el calificativo de irresponsable, los gobiernos que se sucedieron relegaron a un segundo plano las relaciones exteriores, lo que redujo notablemente la posibilidad de participación en la toma de decisiones en temas internacionales que, en mayor o menor grado, podían afectar a la nación.

España dejó de ser una potencia respetada y oída, circunstancia que no dejaron de aprovechar otras naciones que como el Reino Unido o Francia se apresuraron a ocupar el vacío dejado por la nación española en el concierto internacional. A esta pérdida de prestigio contribuyó también la clamorosa incompetencia de más de uno de nuestros embajadores, notables políticos probablemente, pero de reducida capacidad diplomática en la inmensa mayoría de los casos. Con ello resultó relativamente sencillo a los gobiernos de los principales países europeos influir en nuestra actuación exterior, encauzándola hacia sus propios intereses.

Solamente hubo una excepción a este estado de debilidad internacional en que se encontraba sumida España en la tercera década del siglo XIX: la Cuádruple Alianza establecida en 1834, sobre la que se tratará más adelante. La firma de este tratado tuvo lugar en el transcurso de la Regencia de la Reina Gobernadora” primera de las cinco etapas en que suele dividirse el reinado de Isabel II. Como es sabido, estas fueron las siguientes:

 Regencia de María Cristina de Borbón-Dos Sicilias (29.9.1833 12.10.1840)
2ª Regencia del general Espartero (12.10.1840 a 23.7.1843)
3ª Década Moderada (23.7 1843 a 19.7.1854);
4ª Bienio Progresista (19.7.1854 a 14.7.1856) y
5ª Unión Liberal (14.7.1856 a 30.9.1868).

A lo largo de este reinado se constituyeron nada menos que 58 gobiernos -un promedio de uno cada 220 días-, buena parte de ellos condicionados, derribados o impuestos por alguno de los innumerables golpes de Estado o “pronunciamientos”, término empleado para no poner en entredicho el discutible talante democrático de sus ejecutores.

Durante el período de Regencia de María Cristina tuvo lugar la llamada expedición Rodil a Portugal, en la que las fuerzas españolas operaron en colaboración con las portuguesas leales a María II en la primavera de 1834. No se conoce correspondencia destinada o procedente de individuos involucrados en esta expedición.

En el transcurso de la Década Moderada, que recibió tal nombre por el protagonismo de los gobiernos del Partido Moderado liderado por el general Ramón María Narváez, las intervenciones en el extranjero se redujeron al envío, en 1847, de un ejército expedicionario a Portugal, y en 1849 al traslado de una división expedicionaria a los Estados Pontificios. La primera de las expediciones mencionadas, de la que se tratará más adelante, se realizó en apoyo del gobierno establecido en el país vecino, mientras que la segunda, en colaboración con Austria, Francia y el Reino de Nápoles, estuvo destinada a ayudar al papa Pío IX en su rechazo a la pretendida anexión de los territorios del papado por la recién nacida República Romana. Esta última intervención se produjo, seguramente, para tratar de restaurar las maltrechas relaciones entre España y la Iglesia, seriamente afectadas por la amortización de Mendizábal de 1836 y que no se restablecieron plenamente hasta la firma del Concordato de 1851 Se conserva correspondencia de la expedición a Portugal, no así de la enviada a los Estados Pontificios. (1)

Tras el período conocido como Bienio Progresista, protagonizado por los gobiernos presididos por el general Espartero y en el que no se realizó intervención alguna en el exterior, tomó el poder, en julio de 1856, la Unión Liberal, liderada por el general O’Donnell, partido que había de gobernar España hasta el derrocamiento de Isabel II, es decir, más de doce años. Esta época se caracterizó por la bonanza económica pero, especialmente, por el intervencionismo en el exterior, fruto de una activa y agresiva política cuyo objetivo primordial consistía en desviar la atención del pueblo de sus problemas cotidianos, en el que no era el menor el económico, exaltando al tiempo su patriotismo, en concordancia con la corriente nacionalista imperante en el resto de Europa. Con ellas se trataba también de recuperar, en la medida de lo posible, el prestigio internacional perdido desde el reinado de Fernando VII.

Al objeto de alcanzar estas metas, en el período de los gobiernos de la Unión Liberal, se produjeron cinco intervenciones militares en el extranjero, siendo de subrayar que la decisión de enviar fuerzas expedicionarias fue respaldada no solamente por las Cortes sino por la prensa una buena parte de la opinión pública. Tales intervenciones tuvieron lugar en Cochinchina (1858-63), Marruecos(1859-62), Santo Domingo (1861-65), México (1861-62) y Chile-Perú (1864-66) y salvo de la última -una surrealista acción naval sobre Valparaíso (Chile) El Callao (Perú) por motivos todavía hoy no muy claros-, se conocen y conservan testimonios postales.

En todo caso, tales expediciones no fueron otra cosa que patéticas exhibiciones militares sin consecuencia alguna en el reparto internacional del poder, como no podía ser de otra manera si se tiene en cuenta la debilidad económica, política y diplomática española en aquellos momentos. (2)

La Cuádruple Alianza.

La que se dio en llamar Cuádruple Alianza fue un tratado suscrito entre España, Portugal, Francia y el Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda, firmado en Londres por los plenipotenciarios de dichos estados el 22 de abril de 1834. En el momento de su firma las dos naciones ibéricas se hallaban inmersas en sendos conflictos sucesorios, suscitados por el infante portugués Miguel de Bragança y el infante español Carlos María Isidro de Borbón, que reclamaban sus pretendidos derechos dinásticos. Los tronos de las dos naciones se encontraban ocupados a la sazón por sus sobrinas María II e Isabel II, hijas y herederas de sus respectivos hermanos, los fallecidos reyes Pedro IV de Portugal y Fernando VII de España.

El tratado tuvo como fin primordial conseguir la expulsión del territorio portugués de los citados infantes, para lo cual el Regente portugués, duque de Bragança, se comprometía “á usar de toda los medios que estime en su poder, para obligar al Infánte don Carlos; á retirarse de los dominios portugueses” (art. 1°), mientras que por parte española la Reina Gobernadora y Regente, se obligaba “á hacer entrar en el territorio portugués el número de tropas españolas, que acordaran después ambas partes contratantes (…) á fin de hacer retirar de los dominios portugueses á los Infántes don Carlos de España y don Miguel de Portugal” (art. 2º). La cooperación del Reino Unido se establecía mediante el apoyo de una fuerza naval (art.  ), mientras que el rey de Francia se limitaba a asegurar que, en el caso de que se juzgara necesario, se obligaría a “hacer en este particular todo aquello que él y sus tres Augustos aliados determinaren de común acuerdo(art. 4º).

La presencia del pretendiente carlista en las provincias vascongadas motivó la firma, el 18 de agosto de 1834, de ciertos artículos adicionales al tratado que, teóricamente, venían a asegurar a la Reina de España apoyo por parte de las naciones firmantes.

Así, el artículo adicional 2º obligaba a Francia a “tomar en todos los puntos de sus dominios fronterizos á España las medidas más conducentes á impedir que se envíe del territorio francés ninguna especie de socorros de gente, armas, ni pertrechos militares á los insurgentes de España.Por su parte, el artículo adicional  obligaba al Reino Unido a prestar España ‘los auxilios de armas y municiones de guerra que necesite, y ayudarla además si fuera necesario con una fuerza naval”

A pesar de las expectativas generadas por el tratado, este no significó ventaja sustancial alguna para España, ni siquiera influyó especialmente en la solución de problemas como el que supuso el reconocimiento internacional de la legitimidad de Isabel II. Por otro lado, el comportamiento de Francia con España en ocasión de la primera guerra carlista (1833-1840) no puede ser calificado de ejemplar. Sin embargo, el del Reino Unido fue absolutamente correcto en lo relativo al artículo adicional 3º -no así en otros ámbitos-, mientras que la colaboración de Portugal en dicho conflicto llegó más tarde de lo debido (1836), duró poco tiempo y tuvo escasa importancia.

En este sentido, el Reino Unido no tuvo el menor inconveniente en facilitar en 1834 la huida del pretendiente carlista que se había refugiado en Portugal, evacuándolo del país en el buque de guerra británico “Donegal”, ante el acoso del ejército expedicionario español que, bajo el mando del mariscal de campo José Ramón Rodil Pampillo, había penetrado el 6 de abril en la nación vecina y estaba a punto de capturarlo.(3) No obstante, debe reconocerse que en el desarrollo de la guerra carlista el apoyo británico tuvo una cierta importancia, tanto en el terreno diplomático como en el económico o militar; no se deben olvidar el envío de una Legión Auxiliar, la venta de armas y pertrechos y el desplazamiento a la península de buques británicos que obstaculizaron el aprovisionamiento por mar de las tropas carlistas y contribuyeron al levantamiento del bloqueo de Bilbao. Por su parte, la supuesta ayuda de Francia se redujo al envío de un reducido número de voluntarios de la Legión Extranjera que, en su mayoría, se pasaron a las filas del ejército del pretendiente. Además de ello, el escaso control de su frontera -nulo en algunos puntos- en flagrante incumplimiento del artículo adicional , favoreció el suministro del bando insurrecto a través de los Pirineos, de modo que la mayor parte de los historiadores consideran el apoyo francés poco útil o, incluso, negativo. Todo valía con tal de conseguir que en Madrid hubiera un Gobierno debilitado por la guerra interna, lo que convenía a los intereses de las dos potencias supuestamente aliadas a España.

La vida del tratado no fue muy larga. Las diferencias surgidas por diversos incumplimientos entre los socios propiciaron distanciamientos y recelos entre ellos que, unidos a la proclamación de la República francesa a raíz de la revolución de febrero de 1848, provocaron la ruptura definitiva de la Cuádruple Alianza.

De acuerdo con lo anteriormente expuesto se ha elaborado el cuadro I, que recoge la totalidad de las intervenciones españolas en el exterior realizadas a lo largo del reinado de Isabel II. En él se destacan con letrcursiva aquellas de las que, hasta la fecha, no hay evidencia de testimonios postales, lo que no significa necesariamente que éstos no existan -Portugal 1834, Estados Pontificios y Chile-Perú-, motivo por el que no serán objeto de comentario, y a continuación se tratará, por orden cronológico, de aquellas expediciones de las cuales se conoce correspondencia.

Cuadro I

Debe advertirse que no se debe identificar el período propiamente bélico -o de operaciones, si así gusta llamarle- con el de intervención, que es el que aparece reflejado en el cuadro anterior, más dilatado, evidentemente, que el primero.

1847. Intervención en Portugal

Antecedentes

Imagen 1 José Ramón EstebanMateo Rodil Gayoso y Pampillo.

José Ramón EstebanMateo Rodil Gayoso y Pampillo.

Como antes se ha dicho, la expedición Rodil a Portugal de 1834, realizada en cumplimiento del tratado de la Cuádruple Alianza firmada ese mismo año, contribuyó a la consolidación en el trono de María II y provocó la huida del pretendiente carlista del territorio portugués. Fue ésta la primera intervención militar española durante el reinado de Isabel II de las dos que tuvieron por escenario nuestro vecino país y, también, la primera realizada en el extranjero en este período.

La segunda intervención tuvo, asimismo, lugar en Portugal en 1847, en la época de los gobiernos del Partido Moderado, siendo Presidente del Consejo de Ministros Joaquín Francisco Pacheco Gutiérrez y, del mismo modo que la primera, en aplicación de los acuerdos de la Cuádruple Alianza.

Desde octubre de 1846 Portugal se encontraba inmerso en un estado de guerra civil -allí conocida como guerra da Patuleia (4) -consecuencia del enfrentamiento entre el gobierno de María II, de tinte conservador, y las Jumas progresistas que proliferaban a lo largo de buena parte del país, cuyo exponente más sólido lo representaba la Junta Superior de Oporto, liderada por Francisco Xavier da Silva Pereira, conde das Antas, y apoyada por miguelistas y anarquistas.

Foto 2. Manuel Gutiérrez de La Concha e Irigoyen, marqués de Duero.

Manuel Gutiérrez de La Concha e Irigoyen, marqués de Duero.

La situación en 1847 era ya de franca y generalizada guerra civil, con excesos y descontrol por ambos bandos: en Lisboa, se producían matanzas indiscriminadas y en las regiones de Minho, Tras os Montes, Alemtejo y Algarve bandas incontroladas que decían estar al servicio de la revolución arrasaban pueblos enteros.

Desbordado por los acontecimientos, el gobierno portugués solicitó el apoyo de la Cuádruple Alianza, la cual decidió enviar a Portugal una delegación hispano-británica formada por Enrique España y Taberner, marqués de España, y el coronel William Wylde, respectivamente, con el fin de encontrar una solución a la crisis asumible por ambas partes en conflicto. Al tiempo, la reina Isabel II nombraba al teniente general Manuel Gutiérrez de la Concha, prestigioso militar liberal, “capitán general de Castilla la Vieja general en gefe del cuerpo de observación en Portugal”, por Real decreto de 7 de marzo de 1847. (5)

La delegación presentó a la Junta las condiciones de un acuerdo -impuestas por el gobierno de Lisboa-, que fueron consideradas inaceptables, con lo que, ante este fracaso, los aliados decidieron reunirse en Londres, donde firmaron el 21 de mayo el protocolo de una Conferencia en la cual, a petición de Portugal. se optó por una intervención militar en su territorio a fin de restablecer la normalidad en colaboración con el Ejército Real portugués.(6) Según el acuerdo tomado España debería jugar un papel protagonista, colaborando con el envío de contingentes militares por tierra y mar, en tanto que el apoyo británico y francés se limitaría al ámbito marino con misión de apoyo a la fuerza naval portuguesa, en operaciones de bloqueo a los puertos en poder de los revolucionarios. Las tropas españolas, “cuyo número se fijará por los Gobiernos de España y de Portugal”, se retirarían del territorio portugués dentro de los dos meses á contar desde la fecha en que entrasen, o tan luego romo se hayan efectuado los fines que motivan su entrada” (7)

Posteriormente, un segundo protocolo, firmado en Madrid el 31 de mayo a raíz de una Conferencia habida en esta capital entre España y Portugal, determinó las fuerzas constitutivas del ejército español de intervenciónfijando el número de sus efectivos “de diez á catorce mil hombres, así como que su entrada en territorio portugués habría de verificarse con carácter inmediato”. (8)

Desarrollo de la intervención

Una vez decidida la intervención la jefatura del Ejército Auxiliar Español en Portugal recayó sobre Gutiérrez de la Concha -que en su día había sido nombrado generaen jefe del cuerpo de observación en ese país, como antes se ha dicho- , el cual se había distinguido en múltiples acciones de la primera guerra carlista.(9) Su misión ahora consistía en penetrar en Portugal con 12 000 hombres y actuar en completa coordinación con el Ejército Real portugués del duque de Saldanha con la misión de desalojar a los elementos de la Junta revolucionaria de las regiones norteñas de Minho y Tras os Montes -situadas entre la frontera gallega y el Duero- para, a continuación, dirigirse a Oporto.

Siendo el territorio gallego el más próximo de los españoles a los portugueses que iban a ser escenario de las operaciones, se cursaron órdenes al capitán general de Galicia Santiago Méndez Vigo para que procediese al reconocimiento de la zona de Valença do Minho, leal a la reina portuguesa, y mantuviese abierta la comunicación de esta localidad con la española de Tui, vecina a ella -río por medio-, donde ya desde el 23 de mayo se encontraba acampado el Ejército de Galicia mandado por él, con los brigadieres Fuentes Pita y Lersundi a sus órdenes.

Recibida la orden de penetrar en Portugal Méndez Vigo atravesó el Miño el 3 de junio, ocupando Valença do Minho. Desde allí, siguiendo el itinerario marcado, alcanzó y ocupó el día 6 Monçao y Ponte de Lima, sin encontrar apenas resistencia y siendo recibido “con el mayor entusiasmo” por la población. (10)

 Por su parte, el Ejército Expedicionario de Gutiérrez de la Concha, formado por cuatro divisiones, había acampado en Alcañices (Zamora) . El 11 de junio la 1ª división, mandada por el mariscal de campo Lavalette, atravesó la frontera ocupando al día siguiente Bragança, donde fue bien recibido por el pueblo.

En la progresión de las tropas españolas desde el norte y el este hacia Oporto fueron ocupadas, sucesivamente, las localidades de Mirandela (19 de junio), Viana do Castelo (20 jun.), Chaves (20 jun.), Murça (20 jun.), Vila Real (21 jun.) Amarante (22 jun.), Braga (23 jun.), Penafiel (23 jun.), Vilanova de Famalicao (24 jun.) y Valongo (24 jun.). En resumen, la totalidad del territorio de Minho y Tras os Montes, excepción hecha de Oporto, se encontraba el 24 de junio controlado por las fuerzas que apoyaban a María II y expedito el camino hacia la capital portuense, en cuyas proximidades se encontraba ya el Ejército Real portugués de Saldanha.

A la vista de la situación la Junta envió emisarios para proponer a De la Concha la apertura de conversaciones que permitieran a las tropas españolas -exclusivamente- entrar pacíficamente en Oporto. Las conversaciones de paz tuvieron lugar en la llamada Casa Branca de Gramido (localidad próxima a Oporto), y fueron suscritas el 29 de junio de 1847 por el general Gutiérrez de la Concha y el coronel Buenaga por parte de España, el coronel Wylde por el Reino Unido y el marqués de Loulé por la Junta, en un documento conocido como Convención de Gramido. Sus artículos más interesantes en relación al tema que se está tratando son los siguientes:

3 . Mapa del norte de Portugal señalando los itinerarios seguidos por el Ejército de Galicia y el Ejército Expedicionario Español en su intervención en Portugal (junio de 1847).

Mapa del norte de Portugal señalando los itinerarios
seguidos por el Ejército de Galicia y el Ejército Expedicionario Español en su intervención en Portugal (junio de 1847).

Artículo II. La ciudad de Oporto, Vilanova de Gaya y las fortalezas de uno y otro lado del Duero, serán ocupadas por las Fuerzas de Su Majestad Católica, las cuales recibirán las armas de los Cuerpos de la línea voluntarios que obedecen á la Junta (…)

Artículo III. Las Fuerzas de Su Majestad Católica ocuparán exclusivamente desde el día 30 la ciudadVilanova de Gaya y las fortalezas de uno y otro lado del río, hasta que la tranquilidad esté completamente restablecida y no haya recelo de que pueda ser alterada por su ausencia, y mientras las Fuerzas aliadas se conservasen en Portugal, habrá una fuerte guarnicion de ellas en la ciudad de Oporto. (…) La época de la entrada de las tropas portuguesas en la ciudad será marcada por las Potencias aliadas.” 

De conformidad con lo acordado, la entrada de las tropas españolas en Oporto se produjo el 30 de junio de 1847, con lo que, a efectos prácticos, se puso fin a la guerra civil portuguesa. La contribución bélica española se había limitado a apenas veintisiete días de operaciones; en todo caso y, en aplicación del artículo III de la Convención, tropas del Ejército Auxiliar Español permanecieron en Portugal todavía algo más de un mes.(11)

Por su parte, la Armada española, por medio de la llamada “División de Prácticas” al mando del capitán de navío José María de la Cruz Moya, no intervino en el conflicto de forma directa, labor que corrió a cargo, fundamentalmente, de la marina británica, cuyo hecho más destacado consistió en la captura del líder de la revolución, conde das Antas, cuando pretendía abandonar Oporto por vía marítima el 31 de mayo de 1847. Su labor consistió, básicamente, en operaciones de patrulla de las costas portuguesas y la intervención en diversas acciones de bloqueo a los puertos de Oporto y Setúbal, así como en la contribución al retorno a la normalidad constitucional en las islas Azores y Madeira. (12)

El comportamiento de las fuerzas expedicionarias españolas en esta campaña mereció el reconocimiento de sus aliados británicos y franceses quienes, en unión del representante español de la Torre Ayllón, redactaron un comunicado fechado en Lisboa el 9 de julio en el que manifestaban que “Las noticias que llegan de Oporto estan unánimes en los elogios que hacen del aspecto y disciplina del ejército español, así como de su actitud enmedio de la población, y de la manera ámplia con que el general en gefe entiende y práctica la reconciliación de los partidos.” (13)

Los últimos contingentes españoles salieron de Portugal el 6 de agosto, con dirección a Zamora adonde llegaron el día 14. De esta manera la intervención pacificadora del cuerpo de operaciones en Portugal duró, prácticamente, dos meses.

Testimonios postales

Ante todo conviene advertir que la correspondencia de y con los individuos de la expedición a Portugal en ningún momento gozó de franquicia postal, por lo que cualquier carta relacionada con ella estaba sometida a las mismas condiciones que otra de carácter particular.

Como antes se ha relatado, el Ejército Expedicionario de Gutiérrez de la Concha estaba constituido por cuatro divisiones. La primera de ellas, a cargo del mariscal de campo Lavalette, contaba con dos brigadas, con la primera de ellas bajo el mando del brigadier Ortega.

Pues bien, la única carta que hasta ahora se conoce en relación a integrantes del cuerpo de ejército de operaciones en Portugal, está enviada a este militar desde Madrid. Dicha carta dirigida al brigadier del “Egercito Español en Portugal Exmo. Sr Don Jaime Ortega”, en “Oporto ó donde se halle” lleva un fechador baeza de Madrid, 22 JUL.1847 en rojo, y un porteo 90, en azul. Este porteo de 90 reis corresponde a una carta de un peso máximo de 4 octavas de onza portuguesa (Tarifa de 14 de julio de 1806).

Fig 4 1847 Carta al Ejército Expedicionario - web

La única correspondencia conocida con un miembro del Ejército Español en Portugal

                  Fig 5 jaime ortega y olleta, destinatario de la carta

Jaime Ortega y Olleta, destinatario de la carta

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El destinatario, Jaime Rudesindo de Ortega y Olleta (1816-1860), brigadier en esas fechas, fue promovido a mariscal de campo del Ejército Español en el propio año de 1847 como reconocimiento a sus servicios prestados en la campaña de Portugal. Este militar y político aragonés, luchó contra los partidarios del pretendiente Carlos María Isidro de Borbón en la primera guerra carlista, por cuyas acciones ganó la laureada de San Fernando.

En 1860 organizó, esta vez a favor de los carlistas, el fallido pronunciamiento de San Carlos de la Rápita (Tarragona), conocido como la ortegada”, acción que le valió ser detenido y fusilado en Tortosa el 18 de abril de 1860. Tuvo peor suerte que otros famosos golpistas de la época que, habiendo triunfado en sus “pronunciamientos”, gozan hoy de calles con su nombre en Madrid y otras ciudades de España.

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Notas

(1) La división expedicionaria española, formada inicialmente por 4 903 hombres y que llegó a alcanzar los 8.500 al final de la intervención, estuvo mandada por el teniente general Fernando Fernández de Córdova y Valcárcel. El 27 de mayo de 1849 llegaba a las costas italianas de Gaeta la fuerza española, a la que pasó revista el día 29 el papa Pío IX, allí refugiado. La expedición marchó de Gaeta a Findi y de allí a Terrachina, sin encontrar resistencia. Después de ocupar Velletri, Valmontone, Palestrina, Castell-Madama y Rietti ultimó su regreso a España el 14 de febrero de 1850.

(2) En 1848, siendo Prim capitán general de Puerto Rico, tuvo lugar un levantamiento en la isla francesa de Martinica. Temeroso de que este produjese un efecto de contagio general en las islas del Caribe que alcanzase la colonia española que regía, ofreció al gobernador de las Antillas Danesas ayuda militar en prevención a una revuelta en su territorio. Aceptada su oferta se desplazó desde Puerto Rico a las islas de Santa Cruz y Santo Tomás un contingente militar de apoyo al gobierno colonial, cuya presencia bastó para abortar una hipotética sublevación. En buena lógica este hecho no puede ser equiparable a los mencionados, por lo que no se incluye generalmente entre las intervenciones de España en el extranjero.

(3) Esta expedición de 15.000 hombres, conocida como “expedición Rodil” fue la primera de las dos españolas enviadas a Portugal en cumplimiento de los compromisos adquiridos por la firma del tratado de la Cuádruple Alianza. Comenzó y finalizó sus operaciones en la primavera de 1834 con un doble objetivo: apoyar a la reina portuguesa María II contra su tío Miguel de Bragança y capturar al pretendiente español Carlos María Isidro de Borbón. El primero lo alcanzó reforzando al Ejército Real portugués mandado por el Duque da Terceira, que derrotó a las tropas del pretendiente el 16 de mayo de 1834, lo que supuso el fin de la guerra civil; el segundo se vio frustrado por la huida del infante español de Portugal, protegido por los británicos.

(4) En ocasión de la revolución portuguesa de 1846 se dio el nombre de patuleia al ala izquierda del Partido Liberal, también llamado Setembrista. Patuleia tiene también en portugués el significado de plebe, pueblo.

(5) Gaceta de Madrid de 9.3. 1847. Con posterioridad a este Real decreto, en que se menciona un “cuerpo de observación en Portugal” el ejército español de intervención en la nación vecina recibió, en la prosa oficial y la prensa, diversas denominaciones. Así, se puede encontrar bajo los nombres de Ejército de operaciones en Portugal, Ejército auxiliar español en Portugal, Ejército expedicionario a Portugal y Cuerpo de ejército de operaciones en Portugal, esta última denominación empleada al final de la intervención en partes y comunicados por el Estado mayor general de Gutiérrez de la Concha (Gaceta de Madrid de 30.7 1847).

(6) Este ejército estaba mandado por el mariscal Joao Carlos Gregório Domingos Vicente Francisco de Saldanha Oliveira e Daun, (1790- 1876), 1er conde (1833), 1er marqués (1834) y 1er duque de Saldanha (1846).

(7) Protocolo de una Conferencia relativa a los asuntos de Portugal entre los Plenipotenciarios de España, Francia, Gran Bretaña y Portugal, celebrada en Londres a 21 de Mayo de 1847

(8) Protocolo de una Conferencia para la entrada de tropas españolas en el Reino de Portugal entre el Ministro de Estado de España y el Plenipotenciario de Su Majestad Fidelísima celebrado en Madrid a 31 de Mayo de 1847

(9) A raíz de la intervención en Portugal la Reina concedió a Manuel Gutiérrez de la Concha e Irigoyen el título de Marqués del Duero con Grandeza de España.

(10) Gaceta de Madrid de 9.6.1847

(11) Los acuerdos tomados en la Convención de Gramido fueron cuestionados en la Conferencia celebrada en Lisboa el 2 de julio siguiente entre los plenipotenciarios de España, Francia y Gran Bretaña, arguyendo que los firmantes de la misma solamente estaban autorizados para tomar decisiones militares, no políticas, y que no había existido representación portuguesa eella, entre otras consideraciones.

(12) La División de Prácticas estaba integrada por seis buques: la fragata “Isabel II” (insignia), las corbetas “Villa de Bilbao“Colón“, la goleta “Bidasoa” y los vapores de ruedas Blasco de Garay” y “Vulcano”.

(13) Gaceta de Madrid de 30.7.1847


Bibliografía

- Esteban-Infantes y Martín, EmilioExpediciones españolas. Siglo XIX. Instituto de Cultura Hispánica. Madrid, 1949.

- Gaceta de Madrid. Madrid.

- Porras y Rodríguez de León, Gonzalo de. Un soldado español en la defensa de los derechos humanos. El Tratado de Gramido. Rev. Díkaion, n° 8, junio 1999. Universidad de La Sabana. Chía, Colombia.
Dos intervenciones militares hispano-portuguesas en las guerras civiles del siglo XIX Ministerio de Defensa. Madrid, 2001.

- Robles Jaén, Cristóbal. La intervención española en Portugal en 1847 nº 15 de Anales de Historia Contemporánea. Universidad de Murcia. Murcia, 1999.

Intervención naval española en Portugal durante 1847 nº 18 de Anales de Historia Contemporánea. Universidad de Murcia. Murcia, 2002.